– ANÁLISIS –
¿Qué valor le damos a los artistas en la era de la inteligencia artificial?
Alexandra Acosta
fiofiestas@gmail.com
Desde los tribunales de Múnich hasta los estudios de artistas independientes en todo el mundo, la inteligencia artificial generativa ha desatado un debate que va mucho más allá de la tecnología: ¿quién tiene derecho a beneficiarse del esfuerzo creativo acumulado por generaciones? Las leyes no dan respuestas, los mercados la están resolviendo a favor de los más grandes, y los creadores siguen esperando. Este artículo recorre los tres frentes donde se decide el futuro del arte: los derechos de autor, la autoría y la promesa incumplida de la democratización.
La inteligencia artificial generativa ha transformado las industrias creativas con una velocidad que los marcos legales, éticos y culturales no han podido seguir. Y en esa brecha entre lo que la tecnología puede hacer y lo que las leyes permiten o prohíben, viven miles de artistas, escritores, músicos y fotógrafos.
Los límites del aprendizaje y la apropiación del arte
El arte de la inteligencia artificial (Arte IA) es en simples palabras la fusión entre la creatividad humana y la IA utilizada para generar distintos contenidos como textos, imágenes, audio y videos. Lo interesante de esta tecnología es que se sumerge en una gran cantidad de datos para encontrar patrones que luego utiliza para generar contenido nuevo. Similar a lo que hacen los humanos al momento de crear, no es por nada que a esta tecnología se le llama “red neuronal”. Y es que esta tecnología necesita de otros artistas para crear nuevo contenido.Si una pincelada es un artista, una sola imagen creada por la inteligencia artificial puede contener mil millones de pinceladas. Entonces cuando un pintor estudia el arte de Rembrandt, logra absorber su técnica y la transforma en algo propio, pero cuando un modelo de IA se entrena con millones de imágenes protegidas por derechos de autor sin que ninguno de ellos haya dado su consentimiento ¿qué es?
Las empresas desarrolladoras argumentan que exigirles licencias por cada obra usada en el entrenamiento es técnicamente inviable y frenaría una tecnología con potencial transformador. Por otro lado, artistas e investigadores como Bárbara Bruni señalan que ese entrenamiento no es aprendizaje: es extracción de valor. La IA toma el valor expresivo de las obras sin reponer los incentivos económicos que el derecho de autor existe para proteger.
El debate jurídico se concentra en si el raspado web (web scraping) masivo puede ampararse bajo la doctrina del «uso legítimo» (fair use) o si esa doctrina simplemente no fue diseñada para operar a esta escala. La respuesta varía según dónde se analice. En Japón y Singapur han adoptado políticas permisivas que eximen de derechos de autor el minado de datos comerciales. En Europa, el Tribunal Regional de Múnich declaró en 2026 a OpenAI responsable de infracción, estableciendo que el entrenamiento de IA generativa produce copias internas que no están cubiertas por las excepciones estándar de minería de textos y datos. En Estados Unidos, decenas de demandas colectivas permanecen abiertas, entre ellas la de The New York Times contra OpenAI, que podría redefinir el panorama legal para los modelos de lenguaje.
Mientras tanto, el derecho de autor de la IA se está definiendo no en los tribunales sino en las salas de negociación privadas. Las grandes tecnológicas firman acuerdos millonarios con corporaciones de contenido masivo. El artista independiente que no tiene poder corporativo para negociar simplemente no existe en esa ecuación.
La segunda pregunta que redefine el arte en esta década no es quién usa las obras para entrenar la IA, sino quién es el autor de lo que la IA produce.
En 2023, la Oficina de Copyright de Estados Unidos denegó la protección de la obra Space Opera Theater de Jason M. Allen, a pesar de que el artista había experimentado con unas 600 variantes en Midjourney. La postura fue clara: las leyes de propiedad intelectual exigen una autoría de origen humano. Lo que genera una máquina de forma autónoma pertenece al dominio público.
Pero esa claridad empieza a fracturarse internacionalmente. Tribunales especializados en China han comenzado a reconocer derechos de autor sobre imágenes generadas cuando se demuestra un esfuerzo intelectual significativo mediante instrucciones detalladas (prompts) secuenciales y calibración de parámetros. Esto genera una intensa discusión teórica sobre si la IA debe seguir considerándose una mera herramienta de soporte o si la co-creación entre el humano y la máquina requiere marcos jurídicos híbridos completamente nuevos.
¿Es eso suficiente para llamarse autor? La pregunta más allá de ser filosófica, busca una respuesta de la cual depende quién puede proteger legalmente su trabajo, quién puede comercializarlo y quién queda expuesto a que cualquiera lo replique sin consecuencias.
¿Democratización cultural o nuevo monopolio?
Existe una marcada división entre quienes consideran que es tiempo de regular el arte IA y quienes se aventuran a explorar las posibilidades de la tecnología. Por un lado, se defiende la IA como una vía de democratización que abre caminos para expandir el acceso al arte a cualquier persona con una computadora. En contraposición, los debates éticos actuales en la literatura académica advierten sobre los riesgos de la desvalorización de los procesos artísticos y la precarización laboral en las industrias creativas. Investigaciones en el campo de la sostenibilidad cultural apuntan a que los modelos entrenados con conjuntos de datos sesgados hacia normas culturales dominantes amenazan con estandarizar las expresiones estéticas, marginando las tradiciones artísticas minoritarias. Asimismo, proyecciones científicas indican que los datos públicos de alta calidad en internet podrían agotarse en el corto plazo, lo que exacerba la dependencia de las empresas tecnológicas hacia el trabajo humano protegido, agudizando el debate sobre el uso gratuito del esfuerzo de los creadores.
Respecto a los argumentos de la “democratización” tecnológica, el teórico Evgeny Morozov ofrece una lectura incómoda: proveer acceso masivo a interfaces basadas en prompts no equivale a democratizar el arte, sino a convertir a los ciudadanos en consumidores pasivos de herramientas controladas por monopolios. La diferencia entre democratizar la creatividad y tercerizar la creatividad a un algoritmo no es semántica. Es estructural. Plantea más bien que para lograr una verdadera democratización artística se requiere alfabetización visual y educación artística pública, no la automatización y homogeneización de la creatividad.
Frente a ello, una opción surgió de un panel de expertos de Creative Commons Organization y es la creación de un sello de “IA de Comercio justo” para aquellas herramientas exclusivamente con datos éticos, con consentimiento explícito y compensación económica a sus creadores. El Parlamento Europeo, por su parte, ha solicitado un registro centralizado de todas las obras utilizadas en el entrenamiento de modelos de IA, con mecanismos reales de exclusión para quienes no quieran participar.
El debate que se libra hoy en los tribunales, parlamentos y universidades no es técnico, es sobre justicia. ¿Quién tiene derecho a beneficiarse del esfuerzo creativo acumulado por generaciones de artistas? ¿Las plataformas que lo procesan o las personas que lo producen? La respuesta que construyamos, en las leyes y en nuestra propia elección de herramientas, definirá qué tipo de ecosistema cultural queremos habitar. Sí, la inteligencia artificial no reemplazará al artista, pero llegó a transformar las reglas de juego y a preguntarnos ¿qué valor le damos a las artes?

