– RESEÑA –

Una mirada al abismo familiar: «Nada se opone a la noche»

Alexandra Acosta

fiofiestas@gmail.com

Se podría decir que esta es una novela del yo, en donde la primera persona abunda. El logro de Delphine de Vigan es que no llega a saturar; más bien, logra que el lector ansíe más detalles, más introspección tras los sucesos ocurridos en la enigmática familia de la autora.

La historia empieza y termina con el suceso cumbre de la vida de la autora: el suicidio de su madre. A través de las voces de los que la rodearon, viejas fotografías, relatos de terceros, recuerdos y sus propias memorias, la autora busca crear al personaje que fue su madre y, como una especie de detective de las sensaciones, hallar en qué momento se quebró todo dentro de ella. Esa incertidumbre que deja alguien cuando se va, la decisión de quitarse la vida: todo está expuesto en este texto asombrosamente desgarrador. Hay que ponerse en una situación muy vulnerable para abrirse así al mundo y dejar ver a todos la inmundicia que encierra el entorno más cercano que la rodea.

 

La ligereza de su prosa sorprende aún más al darnos cuenta de la pesadez de sus historias, con giros inesperados que dejan al lector pendiente de cada personaje. Si bien existen muchos, cada uno está tan bien definido que uno, como espectador, no se pierde en el relato; más bien, lo va construyendo como un álbum familiar.

Es también de mencionar cómo no ha quedado como una novela en donde la vivencia del yo opacó al verdadero personaje —que en este caso sería la madre—; el respeto que supo mantener a los recuerdos, voces de los suyos es también algo que es difícil de manejar.

Una frase final como “morir viva” es, quizás, el momento más agridulce que el lector pueda sentir y, a la vez, entender. Como una tranquilidad, sumergidos en el dolor de la autora que se quedó corta a veces, quizás por ese miedo a extralimitarse con sus emociones calló en muchos momentos. Supo o quiso guardar las formas.

Un punto en contra es que hubo tramas en la historia que quedaron sin desarrollar, como es el caso del vínculo entre sus padres. Si bien parece que queda en el aire como un mal chiste, deja al lector con un sabor agridulce, ya que demuestra que, en la vida real, en la real no ficción, no hay justicia, no hay buenos y malos: solo personajes, solo vivencias, solo recuerdos; tormentos, vidas desgarradas, un cúmulo de sucesos que a veces no tienen fin.

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